“Me observaba siempre con la misma expresión de agrado, tan idéntica a la forma en la que me miró durante nuestro primer encuentro. Esa mirada con la que me repetía una y otra vez que le parecía hermosa pese a mi nariz, que siempre consideró demasiado grande, pero que decía me daba un aire interesante (…) El recuerdo de esa mirada (…) los detalles que me hacen inexplicable el hecho d que un día se hubiera ido sin más, haciendo un extraño intercambio conmigo, en el que su desaparición, quizá su libertad, valían lo mismo que el sillón y la estatuilla [objetos de suma importancia para el personaje masculino] que se convirtió, por desgracia en el regalo que preferiría no haber llegado a recibir.”
Vizania Amezcua. Una manera de morir. Ed. CONACULTA, México, (c1999), (Colecc. Tierra adentro No. 205), pp. 28-29
Llegará la vejez acompañada...
Hace 11 meses

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